Lo que una familia descubrió durante su viaje solidario a Perú
Lo que una familia descubrió durante su viaje solidario a Perú
Los viajes solidarios para familias son mucho más que unas vacaciones diferentes. Son una oportunidad para convivir con otras comunidades, descubrir nuevas formas de entender el mundo y compartir una experiencia que deja huella en pequeños y mayores. Alberto, Hegoi y June lo vivieron durante varias semanas en Lamay, Perú, y esta es su historia.
Hay viajes que empiezan mucho antes de subir a un avión. Empiezan cuando decides salir de la rutina. Cuando te preguntas si este verano podría ser diferente. Cuando imaginas a tus hijos descubriendo un lugar nuevo, pero no desde la ventanilla de un autobús turístico, sino compartiendo tiempo con personas que viven una realidad distinta.
Eso fue lo que hizo Alberto.
Junto a sus hijos, Hegoi (14 años) y June (10 años), decidió cambiar unas vacaciones convencionales por varias semanas en Lamay, un pequeño pueblo del Valle Sagrado de Perú donde colaboramos con Yanapay, un proyecto comunitario que acompaña a niños, niñas y familias de la zona.
Antes de marcharse, alguien definió su decisión con una frase que les hizo gracia.
«Una auténtica locura maravillosa.»
Después de vivirla, Alberto reconoce que no podría describirla mejor.

Familia realizando un viaje solidario en Perú junto al proyecto Yanapai en el Valle Sagrado.
Cuando desaparecen las prisas
Los primeros días siempre son una mezcla de emoción e incertidumbre. Cambian las referencias. Desaparece la comodidad a la que estamos acostumbrados.
El reloj deja de marcar el ritmo. Y poco a poco ocurre algo difícil de explicar: empiezas a estar realmente presente. Mientras en casa los días suelen organizarse entre horarios, colegio, trabajo y actividades, en Lamay el tiempo se llena de otras cosas.
De conversaciones.
De paseos.
De niños que llegan corriendo para saludarte.
De tardes enteras en las que un neumático viejo puede convertirse en el mejor juguete del mundo.
«Mis hijos están acostumbrados a las prisas. Y de repente, todo eso desapareció.»
No hicieron falta pantallas. Ni parques temáticos. Ni grandes planes. Solo personas con ganas de compartir tiempo.
Lo que los niños aprenden cuando cambian de escenario
Hay algo que muchas familias nos cuentan al volver. Que quienes más cambian durante el viaje son, muchas veces, los propios niños y niñas.
June encontró amigas aunque no compartieran idioma. Hegoi, con esa mezcla de timidez y curiosidad propia de la adolescencia, fue encontrando poco a poco su sitio entre chicos de su edad.
Sin artificios. Sin redes sociales. Sin necesidad de parecer nada. Simplemente estando.
Y quizás ese sea uno de los mayores regalos de un viaje así. Descubrir que la conexión entre personas no depende de hablar el mismo idioma ni de haber nacido en el mismo lugar.
Una realidad que también incomoda
Pero un viaje solidario no consiste solo en vivir momentos bonitos. También significa mirar de frente realidades que remueven. Durante una excursión, Alberto se encontró con un niño muy pequeño vendiendo bebidas y chocolatinas a más de 4.000 metros de altitud.
Solo.
Aquella imagen no desapareció cuando terminó el día. Porque viajar de esta manera también implica hacerse preguntas. Preguntas sobre las oportunidades, la desigualdad o los privilegios con los que convivimos sin darnos cuenta. No se trata de ir a buscar respuestas fáciles. Se trata de comprender mejor el contexto de los lugares que visitamos. Y hacerlo desde el respeto.
Las personas que sostienen Yanapay
Cuando recordamos un viaje solemos pensar en paisajes. En monumentos. En fotografías. Sin embargo, quienes pasan por Yanapay casi siempre vuelven hablando de personas.
De Dayana, que acompaña cada jornada a los niños y niñas con una serenidad contagiosa. De Yuri, que coordina el proyecto con una paciencia infinita.
De Carla y Luma, que convierten Saywa en un hogar para quienes llegan desde tan lejos. Porque son ellas quienes hacen posible que todo tenga sentido.
Quienes conocen cada historia. Cada familia. Cada necesidad. Quienes trabajan allí cuando no hay viajeros.
Y quienes seguirán haciéndolo mucho después de que el viaje termine.
Un viaje que continúa al volver
Alberto escribió algo que resume muy bien lo que tantas personas nos cuentan cuando regresan.
«Vinimos con la idea de dar algo. Y nos dimos cuenta de que habíamos recibido mucho más.»
Quizá eso sea lo más bonito de un viaje solidario. Que no transforma porque hagas grandes cosas. Transforma porque cambias la forma en la que miras.
Porque descubres que la felicidad puede encontrarse en un avión de papel. Que el tiempo compartido vale mucho más de lo que imaginabas. Y que, a veces, hace falta recorrer miles de kilómetros para recordar lo verdaderamente importante. Quizá por eso aquella frase tenía razón desde el principio. Hay viajes que son una auténtica locura maravillosa.
Y, cuando terminan, una parte de ti se queda para siempre en el lugar donde aprendiste a mirar el mundo de otra manera.
¿Te imaginas vivir una experiencia así con tu familia?
En Tumaini organizamos viajes solidarios para familias durante todo el año, adaptándonos a la disponibilidad de cada familia y acompañándoos desde el primer momento para encontrar el proyecto que mejor encaje con vosotros.
Descubre nuestros viajes solidarios para familias.


