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Ver India con otros ojos

Ver India con otros ojos

Ver India con otros ojos

Ella había viajado tres veces a India. Había recorrido sus templos, sus mercados y sus ciudades. Pero cuando volvió del viaje con Tumaini escribió: “La experiencia me hizo darme cuenta de que India es mucho más de lo que yo había visto. Siempre sorprende”.

Tres viajes no habían sido suficientes. Fue en el cuarto, viajando de otra manera, cuando descubrió otra India.

No era la primera vez que viajaba con Tumaini. Ya sabía lo que era entrar en un lugar así, desde dentro. Pero India era diferente. “Sinceramente, tenía mucho miedo porque aún sentía rechazo por mi pasado y eso me daba mucha rabia porque no tiene ningún sentido. Por eso quise hacer con vosotras este viaje, para poder reconciliarme de forma mucho más directa y más natural posible con mi país de origen”, escribió.

Dos Indias, un mismo viaje 

India no se visita, se vive. Es un país que te sacude con sus aromas, sus sonidos y el caos de sus calles. La India de las guías y los grandes monumentos es real. Pero también existe otra: la de las comunidades que trabajan por su autonomía, la de las mujeres que están transformando sus entornos, la de una cultura tibetana que sigue viva en el exilio.

Lo que hace diferente este viaje no es el itinerario. Es la lente con el que lo recorres.

A lo largo de doce días descubrirás dos mundos dentro de un mismo país: el Rajastán vibrante y colorido, con su historia milenaria y sus aldeas rurales, y McLeod Ganj, el pequeño Tíbet en el Himalaya, donde la espiritualidad no se impone, sino que se respira.

El turismo que abre puertas

En Delhi, el viaje comienza con el Spice Girls Tour por los callejones de Old Delhi y el mercado de Chandni Chowk. El recorrido está guiado por mujeres que han encontrado en el turismo una forma de trabajo y autonomía en un sector donde todavía son minoría.

No es solo un paseo entre especias e incienso. Es una manera de entender, desde el primer día, que el turismo puede generar oportunidades concretas. Cada persona que participa contribuye a que más mujeres tengan acceso a empleo, independencia económica y presencia en espacios donde históricamente han tenido menos oportunidades.

Cuando convivir cambia la mirada

Después llega la India rural.

Durante dos días convivimos con una comunidad a las afueras de Jaipur, rodeada de huertos orgánicos, energía solar y un ritmo de vida profundamente conectado con la tierra. No es un alojamiento turístico convencional. Es una comunidad que abre su hogar y su forma de vida. 

Esa comunidad no solo recibe visitantes. Está en medio de su propio proceso: trabajando la tierra, desarrollando modelos de agricultura sostenible y buscando formas de mantener la autonomía económica en su entorno. 

Compartir ese espacio implica entrar, observar y también escuchar cómo viven su día a día, qué retos enfrentan y qué decisiones han ido tomando para sostener su proyecto. 

Nuestra viajera lo describió así al volver: “El hecho de estar comiendo mientras nos observan me hacía sentirme como si yo fuese de una clase mucho más alta. Soy consciente de que puede que me lo lleve muy a lo personal”.

A veces, los momentos más incómodos son los que más preguntas abren, más que respuestas dan. 

Y añadió algo más: “India no está preparada para todos los ojos que la observan, y eso sí que me he dado cuenta, en algunos momentos se olvida que es un privilegio la vida que llevamos”.  Una frase que dice tanto sobre quien mira como sobre lo que está siendo visto. 

Durante esos días también participamos en un taller de blockprinting junto a mujeres artesanas del Rajastán. Esta técnica tradicional de estampación textil lleva siglos transmitiéndose de generación en generación y sigue siendo una fuente de ingresos para muchas familias. Cada participante crea una pieza con sus propias manos, siguiendo un proceso artesanal que conecta con una tradición mucho más antigua que cualquier recuerdo comprado en una tienda.

El pequeño Tíbet 

La segunda parte del viaje transcurre en McLeod Ganj, al pie del Himalaya.

Allí vive una comunidad tibetana en el exilio que lleva décadas reconstruyendo su cultura, su lengua y sus instituciones lejos de su territorio original. En ese contexto, el viaje incluye encuentros con proyectos locales: organizaciones que acompañan a personas refugiadas tibetanas en su formación y vida cotidiana, y otras iniciativas como Jagori, que trabaja con mujeres de zonas rurales del Himalaya en temas de educación, derechos y autonomía. 

Son proyectos que nacen de necesidades concretas del territorio y que llevan años sostenidos por las propias personas que los impulsan. 

Dependiendo de las fechas, el viaje puede coincidir con Diwali. En ese caso, una familia local abre las puertas de su celebración al grupo — la festividad más importante del calendario hindú compartida con quienes llegan de fuera y que, por unas horas, dejan de sentirse visitantes.

Nuestra viajera lo recordó así: “Me pareció una fantasía poder celebrar el Diwali con una familia dispuesta a compartir ese momento tan familiar”.

En lo alto del Himalaya 

Y después llega el Himalaya.

La subida hasta Triund atraviesa bosques de cedros y pinos hasta alcanzar un mirador desde el que las cumbres nevadas aparecen de golpe en el horizonte. Allí hacemos una pausa para meditar, respirar y contemplar el paisaje.

“Fue uno de los momentos en los que me sentí como una niña en mi interior y a su vez como si esto fuera un sueño”, escribió ella después.

Hay lugares que despiertan algo difícil de explicar. Que nos recuerdan una forma más simple y presente de estar en el mundo.

Lo que pasa entre medias 

Pero un viaje así no es solo lo que ocurre en los proyectos o en las cimas. Es también lo que pasa en medio: las cinco horas en el coche entre destinos, las escapadas al amanecer, los abrazos en los momentos agridulces. “Es muy difícil centrarme en alguna anécdota», escribió ella, «porque durante el viaje hubo muchas muy buenas, experiencias muy íntimas como la visita a la cafetería, el refugio de los elefantes o la visita de la familia mientras comíamos”. Esa intimidad no se planifica. Surge cuando el viaje está diseñado para que las personas —las del grupo y las que te reciben— tengan espacio real para encontrarse.

“Asombro, reconciliante y un sueño”, resumió nuestra viajera cuando le pedimos tres palabras para definir la experiencia.

Si quieres saber más sobre el viaje solidario a India con Tumaini, aquí tienes toda la información. Y si tienes dudas, escríbenos.

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