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“Cuando se va a ayudar, solo puedes sacar lo bonito de la vida”

“Cuando se va a ayudar, solo puedes sacar lo bonito de la vida”

Laia en uno de los templos que visitó con el resto de voluntarios.

Laia Crestemayer siempre había soñado con conocer India pero cuando vio que, además de viajar, podía hacer voluntariado allí, se tiró “de cabeza a ello”. Durante varias semanas, se sumergió en la cultura tibetana en McLeod Ganj y colaboró en una guardería solidaria y dando clases de inglés a refugiados tibetanos. Pero una de las mejores cosas de su viaje fue la gente que conoció en el proyecto: “en poco tiempo formamos una pequeña familia”, explica.

¿Por qué decidiste hacer un voluntariado de varias semanas? ¿Por qué India?

Me encanta viajar y ayudar a la gente, así que, si podía mezclar ambas cosas, la experiencia ya tenía todo lo que necesitaba. Había hablado con gente que había participado en proyectos similares y todos y todas coincidían en que era una experiencia insuperable. Así que empecé a investigar. Cuando encontré a Tumaini, me enamoré enseguida del proyecto de McLeod Ganj. Ir a la India siempre había sido un sueño para mí y cuando vi tenía la oportunidad de cumplirlo ¡me tiré de cabeza a ello!

¿Qué te llamó más la atención del lugar nada más llegar?

Su multiculturalidad. En el proyecto vivíamos muchísimos voluntarios y voluntarias de distintas nacionalidades. Eso me pareció bonito, porque hace que el intercambio con la gente autóctona y con las personas de otros países sea mucho más rico. El buen rollo que se respiraba allí ha hecho que me sea muy duro irme. En verdad no debería sorprenderme que hubiera esa atmósfera tan cálida y acogedora, porque cuando se va a ayudar, uno sólo puede aprender y sacar lo bonito de la vida.

Cerca del proyecto, Laia pudo hacer varias excursiones. 

¿Hay alguna historia de algún niño o niña de la guardería que te marcó especialmente? 

Había un niño que me tenía robado el corazón. Se llama Namchoe y siempre tenía una sonrisa para todas las personas que le rodeaban. Siempre le teníamos que dar la comida ¡porque si le dejábamos solo se ponía hecho un cristo! Eso sí, ni con comida por todas partes perdía la sonrisa. Le enseñé a sacar la lengua y desde entonces siempre me saludaba así, como si fuera una especie de saludo secreto entre nosotros.

Estar con todos los niños y niñas tenían su encanto, sobre todo después de una semana trabajando allí. Cuando se empezaban a acostumbrar a tu presencia, te integraban en sus juegos, te abrazaban… yo me moría de amor.

¿Colaboraste también en las clases de inglés a refugiados tibetanos? ¿Cómo fue?

Enriquecedor a la vez que duro. Cuando los tibetanos contaban sus historias se nos ponían los pelos de punta. Han tenido vidas muy, muy duras. Son gente muy fuerte. Uno de ellos nos contó que, mientras intentaba escapar con un amigo y dos guías, soldados chinos les sorprendieron y mataron a su amigo y a uno de los guías. Él se salvó de milagro.

Otro refugiado nos explicó que cuando se escapó, estuvo un mes caminando por el Himalaya. Había días que lo único que comía era nieve. Por mucho contexto del conflicto entre Tíbet y China que tengas, tenerlos ahí delante, oír sus historias supera lo que uno mismo se puede imaginar.

Laia compartió su viaje solidario con Clara y ha descubierto una buena amiga.

¿Qué tal fue compartir el viaje con tu amiga Clara?

¡Muy bien! Clara y yo nos conocíamos de hacía tiempo pero nunca habíamos compartido tanto tiempo juntas. La convivencia con ella ha sido fácil. He descubierto una buena amiga. ¡Repetiría encantada!

¿Cómo fue conocer a otras personas voluntarias de Tumaini?

Esa fue la mejor parte del viaje. Clara y yo estuvimos una semanita solas y fuimos descubriendo el lugar. Pero cuando empezaron a llegar los demás, empezó el viaje de verdad. Coincidimos con Fátima, Isa, Dani y Santi. Desde el principio hubo un buen rollo impresionante entre todos y hacíamos muchas cosas juntos: comer, excursiones como al Masroor Temple, a Dharamkot… En poco tiempo nos convertimos en una pequeña gran familia.

Hubo muy buena conexión entre los voluntarios. Formaron una pequeña familia.

¿Volverías a hacer un viaje solidario?

¡Sí! Ha sido una experiencia preciosa. Poder ayudar a la gente y conocer otra cultura no tiene precio. Me ha hecho crecer como persona.

¿Recomendarías esta experiencia a otras personas?

Lo recomendaría a todo el mundo. Es una experiencia única y vale muchísimo la pena. Te obliga a abrir la mente y a observar el mundo con nuevos ojos.

Impresionante foto de Laia en uno de los templos de la zona.

* Laia colaboró con los proyectos de India Viaje Solidario con bebés tibetanos y Viaje Solidario con refugiados tibetanos en julio de 2017. 

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