Un viaje solidario en Costa Rica con Tumaini: selva, comunidades indígenas y la pregunta de cómo queremos viajar
Un viaje solidario en Costa Rica con Tumaini: selva, comunidades indígenas y la pregunta de cómo queremos viajar
Imagina un país cuyo territorio cabe cuatro veces dentro de Andalucía y que, aun así, concentra cerca del 6% de toda la biodiversidad conocida del planeta. No de América. No de Centroamérica. Del planeta.
Ese país existe. Se llama Costa Rica.
En 1948 abolió el ejército y destinó ese presupuesto a educación y sanidad. Hoy genera prácticamente toda su electricidad a partir de energías renovables y protege por ley más de una cuarta parte de su territorio. Son cifras que ayudan a entender por qué Costa Rica se ha convertido en una referencia mundial en conservación, pero también por qué viajar allí puede sentirse distinto.
En agosto, Tumaini organiza una ruta para conocer el país desde dentro: atravesando selvas tropicales, visitando proyectos comunitarios y compartiendo tiempo con personas que llevan décadas defendiendo otra relación posible con el territorio.
Dos océanos desde un volcán más alto que los Pirineos
Una de las primeras paradas del viaje es el Volcán Irazú. Se eleva a 3.432 metros sobre el nivel del mar —unos metros más que el Aneto, la cima más alta de los Pirineos— y desde su cráter, en los días despejados, se pueden ver los dos océanos a la vez: el Pacífico al oeste, el Atlántico al este.
Es uno de esos momentos que no salen bien en fotografía, donde la cámara se queda corta para captar lo que los ojos ven. Y no solo impacta el paisaje, también lo hace la conciencia de la inmensidad de la naturaleza que nos rodea y de nuestra propia pequeñez ante ella.
Después del volcán, el grupo baja a las Ruinas de Cartago, vestigios coloniales que recuerdan que Costa Rica tiene también una historia larga y compleja, con capas que van mucho más allá de las playas y los tucanes. Y al atardecer llegan al ecolodge que va a ser su base durante los primeros días: 80 hectáreas de bosque de montaña, granja orgánica propia, y la posibilidad real de cruzarse con un quetzal entre los árboles.
El quetzal es un ave sagrada en la iconografía precolombina, símbolo de libertad y conexión con lo divino. La leyenda dice que no puede vivir en cautiverio. Hoy su hábitat se ha reducido en gran parte de Centroamérica, pero Costa Rica sigue siendo uno de los lugares donde aún puede verse en libertad.
Una finca, unas aguas termales, y un taller de café que te cambia el desayuno para siempre
La ruta también pasa por Finca Salitre, un proyecto de agricultura regenerativa donde el grupo hace un recorrido guiado antes de un almuerzo campesino y un rato en las aguas termales naturales.
En San Jerónimo de San Pedro hay un taller de producción de café: desde la cosecha hasta el tostado, hasta el molido, hasta la taza. El café costarricense está entre los mejores del mundo, y entender su proceso —la cantidad de trabajo, tiempo y conocimiento que se esconde detrás de cada grano— es una de esas experiencias que hacen que el café del bar de abajo ya nunca vuelva a saber igual.
El taller está organizado por una asociación local en colaboración con el Sistema Nacional de Áreas de Conservación. Es nuestra forma de apostar por un turismo que sostiene economías reales y genera empleo en comunidades que han elegido, precisamente, la conservación como su motor y modo de vida.
La fogata del pueblo Térraba
Si hay un momento en el viaje que lo separa de cualquier otro tour por Costa Rica, es la visita al Rincón Ecológico Térraba, el proyecto comunitario del pueblo indígena brörán, una de las culturas originarias más antiguas del país. Los Térraba llevan siglos en este territorio. Han resistido colonizadores, empresas madereras, proyectos hidroeléctricos que querían inundar su valle. Siguen aquí.
Su lengua ancestral, el brörán, está hoy en proceso de revitalización: hay comunidades enteras trabajando para que no desaparezca, para que los niños vuelvan a aprenderla, para que siga existiendo una forma de nombrar el mundo que no se traduce a ningún otro idioma.
Durante la visita, miembros de la propia comunidad comparten aspectos de su historia, su cosmovisión y su relación con el territorio. El día termina alrededor de una fogata nocturna, en un espacio pensado más para escuchar y compartir.
Lejos de una experiencia folclórica, el encuentro invita a comprender otra manera de entender la naturaleza: no como un recurso separado de la vida humana, sino como parte de una red común de equilibrio y memoria.
700 animales al año, devueltos a la selva
En el camino hacia el Pacífico Sur, el viaje hace una parada en el Santuario de Vida Silvestre Alturas, en Dominicalito de Osa.
Este centro de rescate y rehabilitación sin ánimo de lucro trabaja con animales silvestres heridos, huérfanos o desplazados —víctimas del tráfico ilegal, de la deforestación, de accidentes de tráfico en carreteras que atraviesan sus hábitats—. Cada año rescatan a más de 700 y liberan a más de 350. Con el centro consiguen formar a más de 1000 visitantes acerca de lo que significa, en la práctica, proteger la biodiversidad.
No se trata de un zoológico, todo lo contrario, se trata de que los animales dejen de necesitarlo.
El día de Corcovado
Corcovado es oficialmente el lugar con mayor densidad de biodiversidad por kilómetro cuadrado del planeta. En sus senderos conviven pumas, tapires, cuatro especies de monos, lapas rojas de un rojo que parece imposible en la naturaleza real, y pizotes que se acercan a los caminos con una curiosidad que los hace parecer más perros que animales salvajes.
El grupo camina por los senderos del parque con guía naturalista, come en una zona habilitada en la reserva y regresa al atardecer. Es uno de esos días en los que la gente, al volver al hotel, no tiene muchas ganas de hablar. No porque haya ido mal. Sino porque hay experiencias que necesitan tiempo para asentarse.
Los últimos días: el Pacífico, las cataratas, y aprender a ir más despacio
Hacia el final del viaje, el ritmo cambia. El grupo se instala en Playa Uvita y Piñuelas, en la costa del Pacífico Sur, con tiempo libre para disfrutar a su manera: playa, snorkel en el arrecife de coral más grande de la costa pacífica centroamericana, cataratas cercanas como Nauyaca o Poza Azul, o una clase de surf si el cuerpo lo pide.
O simplemente no hacer nada, que en Costa Rica tiene un nombre: Pura Vida. Que no es un eslogan de marketing de los años noventa sino la respuesta habitual cuando alguien te pregunta cómo estás. Y también cuando te dan las gracias. Y cuando se despiden. Y cuando algo sale bien. Y cuando algo sale regular pero tampoco hay que dramatizar.
Es una frase que lo contiene todo y que suena ridícula fuera de contexto y completamente natural cuando llevas una semana en el país.
Viajar con sentido
La pregunta que atraviesa este viaje es sencilla y difícil a la vez: ¿qué queremos que ocurra en los lugares que visitamos? Tumaini plantea una forma de viajar que busca dejar una contribución real en el territorio, apoyando proyectos locales, actividades de conservación y encuentros que priorizan la voz de las comunidades.
Costa Rica lleva décadas intentando responder esa misma pregunta desde la política pública y desde la gestión del territorio. Este viaje no lo explica todo, pero sí ofrece una pista clara de por qué merece la pena mirar el turismo como una herramienta de relación, no solo de consumo.
Toda la información en viajestumaini.org.
Pura vida.





